Al leer a mi amigo Fernando Navarro en su blog de El País siempre suelo conmoverme. Al leerlo hoy hablando sobre Diego Manrique me ha tocado más. Ya habíamos conversado en alguna ocasión sobre la influencia de Manrique en nuestra vocación musical. Por ello el despido del locutor de Radio 3 ha supuesto un varapalo. Reconozco que hacía tiempo que no le escuchaba, se me hacía difícil encontrar un hueco. No por ello es menos doloroso. El cese de Manrique ha sido con veraneo y alevosía. Sin miramientos. Con envidias. Por los tejemanejes políticos internos que se trae la radio pública. Las formas han sido feas, muy feas, con una carencia total de elegancia y respeto. Le despiden y su voz sigue sonando en la radio con programas grabados.
Recuerdo una tarde de verano de hace un par de años en la cafetería de Prado del Rey. Era la hora de comer y yo llegaba de nuevo a la radio en mi primer trabajo de verano. Colaboraba en ‘Diario Pop’ de Jesús Ordovás. Jesús, quien me ha dado varios de los mejores consejos profesionales que recuerdo, me invitó a comer en su mesa junto a Manrique y otros pesos pesados del periodismo musical, todos veteranos, calvos o canosos. Y yo un yogurín pasando la mejor comida de mi vida, una conversación sobre la Crazy Horse Band, un poco de Dylan, algunas puyas entre ellos, y la tensión estival de los que están a punto de irse un mes de vacaciones. Una comida muy instructiva entre gente con mucho micro. Nunca más volví a ver a Diego. Devoraba sus artículos en El País y le escuchaba muy de vez en cuando. Ese recuerdo, que tenía aparcado en mi memoria, ha brotado de la nada cuando me enteré que ya no escucharía más a Manrique. Suerte, maestro.
ALFONSO CARDENAL
Recogida de firmas para la vuelta de Diego Manrique a RNE

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