Me llegan exóticas impresiones que albergan algunos de ustedes sobre mi existencia acá en Etiopía: que si en la oficina estoy camisa abierta con blanca camiseta de tirantes empapada, 40º a la sombra, mini ventilador de escritorio removiendo una aire infectado de polvo y mosquitos, café, sudor, mientras ajusto las últimas cuentas con una vieja calculadora; que si demandan fantásticas aventuras acerca de pueblos caníbales, gigantes baobabs, ataques de felinos o perversos y desalmados señores de la guerra (ya saben, un 50% de leyenda siempre será bienvenido); y la más extendida, que si he sido cocinado a fuego lento por algunos caníbales hambrientos que han mondado de la poca chicha que ya tenían mis famélicos huesitos… cabrones…
Relatos quieren de mis andanzas en África. Reflexiones, curiosidades, narraciones… algo interesante. Todas en boca de un idiota sin concesiones. Quizás esperen deslumbrantes alucinaciones, fascinaciones exuberantes o vivencias extremas de inusitadas ramificaciones. Si es así, me temo que han dado con el idiota equivocado. Mi vida es, hoy por hoy, con toda seguridad, más aburrida que la que disfrutan la mayoría de ustedes en sus casas con sus maridos y mujeres, enfrascados en sus estudios, trabajos, o pequeñoburguesas tribulaciones de personitas atrapadas en las desorientaciones e insatisfacciones que nos afligen a tantos entre los veintipocos y los treintamuchos. Pero, en fin, si tienen tiempo para perderlo con otro idiota diferente al gilipollas que les da el coñazo todos los días en el curro, o su mujer les está contando por vigésimo tercera vez la misma historia sobre los cernícalos que tiene por amigas (o amigos), o simplemente quieren aliviarse de sus patéticas vidas verificando lo todavía más patética que puede ser la del engreído idiota que se largó al África a encontrar no-sé-qué-estúpido-sentido-de-nada. Vénganse conmigo. Les haré de apayasado maestro de ceremonias de una tragedia tan cómica cómo lo que un día se soñó con poder ser, y lo que nunca se pudo haber sido.
Además, qué diablos… como decía Will Shakespeare, al fin y al cabo, la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada.
Así que… qué carajo importa si les cuento yo esta historia, o lo hace cualquier otra prostituta de la Historia. Por cierto, sepan que la prostitución está comúnmente aceptada en Etiopía. Los burdeles y casas de lenocinio se barajan y gambetan las esquinas de casi todas las calles de Addis Abeba. De hecho, en la vida del adolescente se inscribe como ritual iniciático, desprovisto de execraciones morales, el trato con mademoiselles de la noche. Lo único, caballeros crápulas y canallas, es que hay que andarse con ojo: entre las profesionales del gremio, al acariciar las lencerías de una de cada dos preciosidades, has de calibrar que no solamente está en juego “montárselo con una africanita”, sino también la vida, por una cuestión de atrocidades: el 50% de esas chicas porta en el liguero un cartucho de dinamita VIH.
El avión despega de Barcelona a las 6.05 de la mañana de un martes. Llueve en El Prat. Antes, en el taxi hacia el aeropuerto, contemplo cómo un chavalito pasado de coca, pastillas o calamidades, se salta un control de los mossos y se estampa en su fuga contra una rutilante farola de la medianoche en plena Barceloneta. Me echo la última carcajada de tarambana con el taxista charnego, y retorno mi rictus serio.
El aeropuerto es un cementerio excepto por las tres o cuatro criaturitas de Dios que allá penamos la noche y las escuadras de limpiadoras que adecentan los pasillos, antes de la atrabiliaria llegada de las masas. Escalamos en Ámsterdam. Adiós, Vieja Europa, le digo a Europa, dejando viejas cuentas pendientes sin saldar, que es como soltar amarras pero sin levar anclas. Por fin, vuelo perpendicularmente en dirección al ecuador, a los trópicos, al sur de tu cintura, Europa. Otear por alguna de las ventanillas del gigantesco avión al sobrevolar el desierto del Sudán es, a falta de palabro mejor, estremecedor: un auténtico océano ambarino, con sus olas, placideces letales y esbeltas sinuosidades, te convence del todo de que sí, en efecto, has abandonado los confortes de Europa, tus comodidades y seguridades, y has emprendido, inconsciente y desesperadamente, viaje a terra incognita: un territorio ignoto que no se parece en nada a nada de lo que hayas visto antes… CONTINUARÁ…
RIMBAUD EL ETÍOPE
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