Documental de Woodstock (1969); la calidad musical y la “filosofía de festival” se han convertido, ahora, en algo mucho menos auténtico y especial que lo que era en aquel momento. En la actualidad parecen haber pasado a ser actos meramente comerciales, concebidos como mero espectáculo de masas, escaparate de marcas y máquinas de generar dinero, además de, por supuesto, plataforma de promoción y lanzamiento para muchas discográficas que hoy en día tienen que centralizar esfuerzos para que los nombres de sus bandas plaguen las listas de los carteles festivaleros. Y es que, en teoría, debería sobrar con un escenario y una explanada de césped, para satisfacer las necesidades de una generación ávida de vías de escape y de identificarse con determinadas formas de expresión; más que rodearlo de atracciones, tiendas y zonas VIP, que lo único que provocan es la concepción de los festivales por parte del público como un sitio de recreo al que ir a lucirse y relacionarse, en vez de como un espacio de expresión artística y cultural. Pero esta es otra historia.
Y, quizás, la calidad musical sea única y exclusivamente cuestión de gustos, pero ver a artistas de la talla de Joan Baez, recordando a su marido encarcelado por aquel entonces; o a un divertido y borracho Arlo Guthrie, riéndose de todo lo que él mismo dice; o al maravilloso Ravi Shankar, sudando una camisola blanca mientras toca a toda velocidad el sitar; bien puede despertar las pasiones de los más melómanos.
Además de los mencionados y de muchos que quedan sin mencionar (ver cartel completo aquí), después de dos días de festival, destacaría dos momentos clave. Por un lado, un jovencísimo batería acompañando a Santana. Era, al parecer, el músico más joven del festival, y con tan sólo 17 años aporrea los tambores, toms y platillos, captando la atención del público de una manera desmesurada, sobre todo en el tema Soul Sacrifice, considerado una de las cúspides de dicha muestra. Este héroe se llama Michael Shrieve, vive actualmente en Seattle y no ha parado de estar profesionalmente activo desde aquel momento, recibiendo numerosos premios y elogios por parte de otros músicos, entre ellos, lógicamente Santana: “Le debo mucho a Michael; el fue el que me introdujo a John Coltrane y Miles Davis. Yo sólo quería tocar Blues hasta que llegó Michael. Me abrió los ojos, los oídos y el corazón a muchísimas cosas. Algunos batería sólo tienen el golpe, pero Michael tiene visión. Es como una caja de lapices, tiene todo el abanico de colores.”
El otro momento álgido del segundo día de festival, podría perfectamente centrarse en una impresionante mujer que, vestida de blanco en el centro del escenario, interpreta, con su inclasificable tono de voz, y acompañada de una de los mejores bandas de los 60, dos de los temas más míticos de Jefferson Airplane. Se trata de Grace Slick, su imponente voz y marcada actitud. Se trata, al parecer, de la primera persona que dijo “motherfucker” en un programa de televisión (esto ocurría en el mismo año que el Festival). Se trata, sorprendentemente también, de la que es compositora de los grandes hits de esta banda.
Slick comenzó su carrera como cantante al decidir montar el grupo The Great Society, con el que era su marido en aquel entonces, justo después de ver una actuación que la haría replantearse su futuro como modelo y que la empujó a querer ser una estrella del rock. Curiosamente esa actuación era la primera de Jefferson Airplane, cuando todavía contaban con Signe Toly Anderson como cantante. Cuando ésta decide dejar su carrera musical y dedicarse por completo a su familia, los Jefferson no dudan en contactar con Slick, quien, con The Great Society, les había llegado a telonear en alguna ocasión. Nueva era para Jefferson Airplane. Grace se convierte en una de las figuras femeninas del rock más controvertidas de aquel momento, abriendo las puertas, junto con otras artistas como su amiga y coetánea Janis Joplin, a que otras mujeres se convirtieran también en protagonistas de la escena musical de aquella época; papel, en aquel momento, reservado casi en su totalidad a los hombres.
Para la grabación del que sería el segundo disco de Jefferson Airplane, Surrealistic Pillow, Slick decide llevarse dos composiciones de su anterior banda: White Rabbit, compuesta por ella misma (la letra alude a la hipocresía de los padres que leen a sus hijos “Alicia en el País de las Maravillas”, en el que la protagonista toma píldoras de diferentes tipos para hacerse “más grande” o “más pequeña”, y luego les prohíben el consumo de las drogas) y Somebody to Love, escrita por su hermano. Estos dos temas no tardarán en convertirse en los más conocidos de la banda y, hoy en día, son considerados míticos himnos de la época.
Temida por la prensa y los managers por sus no correctos modales y sus actitudes poco diplomáticas, Slick también pudo ser artífice de uno de los episodios más grotescos que podía haber vivido La Casa Blanca, con Nixon al frente. Y es que la hija del presidente, que había ido al mismo colegio con Slick, invita a ésta a una fiesta para alumnas en la misma sede del gobierno. Slick no lo duda un momento y decide ir acompañada de Abbie Hoffman, uno de los activistas políticos más temidos por la autoridad, con quien planea verter una buena cantidad de LSD en la bebida del presidente Nixon. Finalmente, su actitud y la compañía que llevaba, hicieron que las autoridades no les permitieran si quiera entrar en el recinto.
Actualmente Slick, quien manifiesta que una vez cruzado un umbral de edad uno tiene que retirarse del rock cuanto antes para no parecer ridículo, se dedica a la pintura, y entre sus obras se encuentran retratos de los que fueron sus buenos amigos en la época en la que tuvo lugar el festival (Janis Joplin, Jim Morrison, Jimmy Hendrix, etc).
VANESSA PASCUAL
Leave a comment