Dicen que cuando te mueres la vida te pasa en fugaces flashes ante tus ojos, cuando yo muera espero detenerme en las noches con Cohen. En esa hermosura lírica que ayer enmudeció y luego se convirtió en una de las ovaciones más sinceras y honestas que he visto a Madrid. Es lo que tienen las reuniones entre viejos amigos.
ALFONSO CARDENAL
El Palacio de Deportes de la capital estaba repleto cuando el canadiense hincó su rodilla en el suelo para los primeros versos de “Dance me to the end of love“. Más tarde aclaró que no sabía si volvería algún día a Madrid y que por ello esa noche sería especial. Lo fue. A los 75 años Cohen emana tanta sabiduría como ternura, tiene duende y una humanidad tan a flor de piel que convierte a cada espectador en testigo único, en cómplice, en amante, en amigo. Para ello, este hombre conocido en su época de monje como El Silencioso, ofreció una noche de regreso y despedida. Hacía más de una década que este enamorado de Lorca no cantaba a Madrid y muchos de los presentes tomaron la cita como una ocasión única, La Noche del Poeta.
Y es que pocas manifestaciones artísticas llegan a este nivel de emotividad, lágrimas en ojos rojos de emoción, pena, alegría o Stendhal, sí, ayer la belleza llegó a cotas difíciles de contener. Se unió la poesía mágica de un contador de historias con la voz rota y macerada de un abuelo con carisma. Y esas cotas son comparables al impacto de algunas ciudades, pocos libros, ciertas películas y no muchas canciones.
El primer plato se completó con “Everybody Knows”, “Like a bird on a wire”, “In my secret life”, “Who by fire” o “Waiting for the miracle“. Cohen presenta a la banda, un grupo de amigos, una familia que rebosa talento y empatía. Lo presenta con la voz grave y pausada, con largas reverencias que le doblan eternamente. Tiempo para un cigarro, para un breve reposo aunque Cohen se retire del escenario con pequeños y graciosos saltos.
El segundo plato se sirve caliente, los ánimos de la ciudad se han caldeado con el entrante y ya pocos guardan el sitio de su localidad, la gente canta, se acerca, se levanta en infinitas y espontáneas ovaciones difíciles de ver en otras plazas. La mandolina flamenca del gran maestro catalán que acompaña al poeta invade el silencio del auditorio y “Tower of song”, “Suzanne” y “Sisters of mercy” preceden a la emotiva historia de “The Partisan”, una obra tan perfecta que bien puede producir el mismo impacto que la Capilla Sixtina, Notre Dame o los versos de Neruda.
Cohen va dejando protagonismo a una banda que presenta en repetidas ocasiones y siempre precedidas de las larguísimas reverencias de sombrero en mano. Las arrugas que surcan el rostro de Cohen también rasgan su voz, pero en contra del efecto del tiempo, los años le sientan bien, como explican muchos cantautores la canciones mutan con el tiempo, con los estados de ánimo, con los viajes. Las de Cohen se han vuelto más honestas, más sinceras y posibles. Y eso lo reconoce un público emocionado, en pié, a pecho descubierto.
“Im your man”, “Take this Waltz”, “So long Marianne” terminan el segundo pase y llega el momento del postre, del café, la copa y el cigarro. “First we take Manhatan” con esos ritmos ochenteros sería el helado, “Famous blue raincoat” el café y “If it be your will” el cigarro. Pero hay noches que se alargan más allá de lo esperado, la sobremesa, las copas, la charla, el palique, la despedida, “Chelsea Hotel”, “Closing Time“, la gente en pié, las palmas eternas, las mil reverencias del poeta, algunas lágrimas, un sentido cariño, el hasta otra si Dios quiere, los abrazos con palmadas en la espalda, los adioses. Y Stendhal, y París y el arte con su comunión, y la humanidad y todos esos fugaces flashazos que configuran los instantes felices de nuestras existencias.
Reportaje: La historia de Leonard Cohen


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