
Desde luego existe gente especialmente inquieta, artistas que se defienden en varias disciplinas, y a falta de una notoriedad cansina gozan moviéndose de un arte a otro sin gran revuelo.
Dylan pinta y expone, pero sus cuadros siempre serán vistos como los cuadros de ese gran cantante, su trabajo será expuesto sin problemas y sus dibujos aplaudidos o vilipendiados sin reparo alguno. En cambio la falta de grandes focos permite movimientos más desenfadados. Y en eso brilla el hombre de los mil nombres, Will Oldham.
Will (Kentucky, 1970) se mudó con diecisiete años a Los Ángeles, y después de cursar estudios interpretativos, comenzó su carrera en el cine en 1987. Por aquella época empezaba a destacar en algunos papeles principales de películas independientes de bajo presupuesto y alguna serie de televisión. Pero Oldham no terminaba de encajar en ese mundillo, durante sus primeros diez años en la meca del cine apenas grabó cinco películas.
Y en esas dio el primer giro artístico de su vida al grabar en el 1993 el primero de los cuatro álbumes que firmaría con los Palace Brothers. Oldham es conocido por decenas de nombres diferentes, pero todo tiene una explicación, al menos para él. “Supongo que la idea de tener un nombre ayuda a la gente a identificarlo con unas personas y un sonido, la gente sabe que puede esperar de tu próximo disco, pero si no lo hacen las mismas personas ni tiene el mismo sonido, debería llamarse de otro modo”.
En 1997 firmó un disco con su nombre real tras separarse de la banda y después se reinventó como Bonnie Prince Billy, su último alter ego. Con los nombres Oldham juega, pero también crea, son personajes. Su música, que rebusca en las raíces y la tradición norteamericana, ha recibido grandes aplausos de la crítica sobre todo por su capacidad de evolución y reinvención. Oldham lo ve así. “Las personas que se involucran en la creación de cada uno de los discos suelen ser todas muy diferente. Desde un punto de vista ideal, eso otorga al disco una identidad única y exclusiva. Mi sueño sería que, también, cada uno de ellos estuviera destinado a una audiencia única en la que hubiera una cierta fusión. Y que, además, cada disco pudiera servir para determinados propósitos a determinada gente, para la que otros discos no servirían”.
Desde que se inventó a Bonnie, Oldham ha publicado doce discos, dos de ellos son duetos, y sigue trabajando en el cine pero con reparo. “En realidad, la actividad cinematográfica no es algo que sea realmente compatible con mi forma. Pero, de vez en cuando y si es por un periodo de tiempo lo suficientemente breve, sí me interesa”.
Puede que fuese ese criterio el que le llevase a trabajar en ‘Old Joy’ (Kelly Reichardt), una elegía sobre la juventud perdida en la que Oldham se presenta como un personaje de espíritu libre, un desaliñado ex fumador de marihuana que se va a pasar unos días de deporte de aventura con un viejo amigo. Sin medias tintas, ‘The New York Times’ calificó ‘Old Joy’ como “una de las mejores películas norteamericanas de 2006″.
Y a la par sigue con su música, haciendo cosas en el cine y algunos trabajos fotográficos como la aclamada portada de “Spiderland” de Slints. Saltando a la sombra de una disciplina a otras, ganando nuevos adeptos, perdiendo otros en la confusión del camino, pero sobretodo haciendo discos que le han colocado la etiqueta del “Johnny Cash del siglo XXI”, de hecho Cash versionó un tema suyo en ese serial de Rick Rubin de “American Recording”.
ALFONSO CARDENAL


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