ombligo

La vida sin ombligo

“Te echaré de menos”, me dijo el cabrón de mi ombligo en la mañana de su último domingo. “Yo también”, contesté sin animadversión. Habían sido 29 años y 120 días de intensa convivencia. Nunca le eché en cara su jodida infección, él nunca me restregó mis errores. Fue un buen compañero, estuvo ahí siempre, tanto en las buenas como en las malas. Una chica me dijo una vez que mi ombligo tenía forma de “chumino”, eran los años noventa y la gente hablaba así. “Pero me gusta”, añadió. Nunca me quedó muy claro si lo que le gustaba era mi ombligo o las vaginas.

Una mañana de verano un médico me repitió lo que ya me habían dicho otros dos. “Te lo tenemos que quitar”. No sentí pena ni alivio. Ya en el sofá, la cosa cambió. No es lo primero de mi cuerpo que me quitan pero es una parte a la que, por mucho que sorprenda, la tengo un notable cariño. He pasado buenos ratos rascándolo, escarbando en él, tirando de los pelos que lo coronan o simplemente apoyando una cerveza en él notando el frío de la lata. “Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde”, me escribió la chica del “chumino” en una carpeta de EGB. Que jodía razón tenía aquella chavala cuyo nombre olvidé.

La enfermedad de mi compañero de vientre comenzó cuando decidí marcharme de casa. Lo que no consiguió el médico, la matrona, la vida o el pediatra, lo consiguió un piso en Lavapiés. Rompí con mi madre, soy el pequeño de cuatro hermanos, y mi cuerpo lo sintió, se vengó. Desde entonces mi ombligo ha menstruado. Cada mes, a veces cada más, supuraba pus durante unos días. Casi siempre sin dolor, menos cuando fui a Urgencias a que un desconocido me mirase a los ojos y, ajeno a nuestros vínculos, me dijese que mi ombligo sobraba. “Posibilidades de cáncer. Nada bueno te traerá. Habrá que quitarlo”. Aquella noche me perdí un concierto de Duck and the Duchess y mi hermano me regaló un vinilo firmado en el que el grupo expresaba sus condolencias por mi pérdida. En Seattle siempre han tenido más sensibilidad por estas cosas.

Ahora afrontamos nuestras últimas horas juntos y no encuentro muchas cosas que decir. No hay reproches ni miedo, no hay enfado ni desesperanza. Hay pena por saber que cuando mire abajo ya no estará. Lo sé, podría ser peor, pero siempre, desde niño, he cogido cariño a cosas que al resto de la gente le solían pasar inadvertidas. Me quedará un vientre plano, sin cuadraditos ni ombligo y con cinco pequeñas cicatrices. “La tecnología ha avanzado mucho”, me dijo el médico tras explicarme la operación. “¿Está seguro de que no quiere que le reconstruyamos el ombligo?” No me lo pensé. “No, no quiero”. Es él o ninguno. ¿Verdad? Yo no hubiera tolerado un desplante así por su parte. ¿Diría lo mismo de otros órganos, apéndices o glándulas? Esa es otra cuestión totalmente diferente, prefiero tener pelo que ombligo. Cuestión de preferencias. Decidí que seguiríamos caminos separados. Él servirá para ilustrar clases de medicina sobre las rarezas del úraco y yo me levantaré la camisa en noches de borrachera e inventaré historias sobre la mañana de diciembre en la que perdí el ombligo. “Fue en una pelea contra dos antidisturbios”, contaré a unos, todos sabrán que 2012 fue un año salvaje. “Defendí a una vieja sordomuda de un desahucio”. Cada vez inventaré algo nuevo, viviré una nueva aventura. Este martes es nuestra última noche y lo celebraremos a lo grande; en el sofá, como tantas veces, con mimos, cosquillas y tirones de pelo mientras recordamos momentos en los que fuimos felices, en los que estuvimos sanos, en los que nadie sobraba. “El ombligo no sirve para nada”, me dijo el médico al ver mi desmedida reacción ante su tropelía. “Lo sé, no todo lo importante sirve para algo”, contesté. ¿Qué iba a decir? No se me ocurrió nada mejor, ningún brote de genialidad que hiciese entender a todos que la operación no era necesaria. La música tampoco sirve para nada y prefiero la vida tanto con música como con ombligo. También con pelo. Nunca le puse nombre a mi ombligo. Las despedidas cuestan más cuando tienen nombre. Adiós, ombligo, adiós.

ALFONSO CARDENAL

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7 Comments

  1. Ileana
    8 Febrero 2020

    Buenas palabras
    En 5 meses paso por lo mismo
    Estoy asustada
    Espero poder contactarme contigo para saber cómo es despues

  2. La MardeVe
    21 Noviembre 2019

    Gracias por tus palabras!! En breves voy pasar por la operación y tu escrito me ha dado mucha fuerza!!

  3. yesse
    6 Agosto 2017

    Al leer tu historia, me identifiqué contigo no pude despedirme de él y lo extraño, es parte de nuestro cuerpo y me deprimí mucho.
    Pero me acepto tal cual estoy.

  4. desconocida
    24 Octubre 2013

    A mi me van a quitar el ombligo por fin, despues de dos años y medios de sufrimiento e ingresos en el hospital. Tu relato me a ayudado a estar mas segura aún de que la operación no me jodera mas la vida. Gracias querido amigo.

  5. Elliam
    24 Enero 2013

    Qué grande. A partir de ahora me rascaré más el ombligo, en honor al tuyo.

  6. Alfredo
    11 Diciembre 2012

    Magistral. A partir de mañana serás un tipo más especial todavía.

  7. Rubens
    11 Diciembre 2012

    Me ha encantado. Perderás el ombligo pero la prosa y el sentido del humor van cada vez mejor.

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