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El hombre que mató el Western (Sin perdón, 1992)

“Esta tierra tiene nombre hoy día y está marcada en los mapas. Pero los nombres, las marcas y los mapas tuvieron que ser conquistados, venciendo a la naturaleza y al hombre primitivo”. Con esta cruda declaración de intenciones, mientras sobrevolamos las Montañas Rocosas, nos recibe la voz en off de Spencer Tracy en La Conquista del Oeste (How the West Wan Won, 1962). El film, firmado por Henry Hathaway, John Ford y George Marshall, nos muestra el recorrido generacional de los primeros colonos que se aventuraron en el indómito paisaje americano (el cual resultó no ser tan indómito con la Biblia en una mano y la pistola en otra…) encarnados en la familia Prescott. Acompañados de esta prole de reminiscencias mesiánicas asistimos a una compilación de las bases míticas sobre las que se sustenta el imaginario del Oeste americano. Aventuras y desventuras, en definitiva, de los honorables, valientes y prósperos (a base de obstinada perseverancia al más puro estilo del sufrido Job) padres de la orgullosa nación. Mas todo cielo tiene su infierno y esta bucólica visión del imaginario western elide, con cierta condescendencia (lo que implica conciencia), los cadáveres que fertilizan la tierra americana. Y sus fantasmas se le aparecen a un febril y decrépito William Munny.

La leyenda del wild wild west está cargada de duelos, épicos relatos de pistoleros que escapan de la muerte por la increíble pericia de sus gatillos, temidos y escurridizos bandoleros, heroicos “llaneros solitarios”… Pero en sus recovecos se intuyen prostitutas, genocidio y violencia; todo ello regado con ingentes litros de whiskey. Sin Perdón, western crepuscular, huele a sudor, a sangre coagulada y a, precisamente, whiskey barato. Clint Eastwood le pega un certero tiro al género, dejando que se desangre poco a poco, sediento y agonizante bajo el sol del desierto. El héroe westerniano no es aquí sino un “sanguinario hijo de perra” (citamos textualmente del film) redimido, en teoría, de sus pecados de juventud y convertido en un patético granjero que invoca, día a día, a su amada muerta, con la única compañía de sus dos hijos pequeños y de una hedionda piara de cerdos enfermos. William Munny descubrirá que la violencia corre por sus venas como la nicotina y que, aunque uno se haya embarcado en la titánica empresa de apartase del vicio, un único cigarrillo puede despertar a la bestia. Eastwood reflexiona sobre la cara oculta del género, sobre la “pornografía” de la violencia y su adicción irrefrenable. William Munny es un adicto que ha vuelto a sentir cómo convulsa su cuerpo cuando el veneno corre por sus venas. Eastwood estrangula al género que le consolidó y rinde cuentas sobre su propia iconografía sin dejar títere con cabeza: cada uno de sus personajes es sedicioso respecto al arquetipo-refugio. La Ley, encarnada por el temible Sheriff, es tan primitiva y sanguinaria como sus violadores; las prostitutas están lejos de ser desvalidas mujeres que esperan su redención e incluso no cejarán en su empeño de ver rodar las cabezas culpables; las historias de hábiles pistoleros se convierten aquí en patéticos relatos de borrachos envalentonados por el alcohol, donde la muerte es tan fortuita que se convierte en algo escalofriantemente simple. Happy triggers beodos sobre los que se ha construido legendarios virtuosismos por plumas casi tan embriagadas por la mitificación como ellos por el alcohol.

Con este film, Eastwood comienza su peregrinación redentora por los “pecados iconográficos” del imaginario cinematográfico que él mismo ha alimentado. William Munny se alza entre las tinieblas con su escopeta cual ángel caído sin posibilidad de salvación, degustando así, de nuevo y por siempre, el amargo y poderoso sabor que supone el arrebato de la vida de otro hombre. Munny vagará eternamente por los infiernos arrastrando las brillantes espuelas de sus botas, hasta que Walter Kowalski, (Gran Torino, 2008) un amargado e inofensivo septuagenario, decida inmolarse y pagar sus deudas con la salvaje, salvaje, mitología de América.

LAURA MAZA

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3 Comments

  1. Laura
    15 Marzo 2010

    Corrijo: Soldier Blue

  2. Laura
    15 Marzo 2010

    Gracias Alfonso.
    Hay una película setentera que se centra en el genocidio indio. Se llama Soldado Azul (Blue Soldier)de Ralph Nelson. Es curiosa, échale un vistazo.
    Aunque, sin duda, “el” film desmitificador y blasfemos por excelencia es Dead Man, de Jarmusch. Su banda sonora paranoica es perfecta para todo tipo de viajes.
    Un saludo.
    PD: “Perros de paja”…

  3. Alfonso
    15 Marzo 2010

    Brutal Laurita, me han dado unas ganas locas de volver a ver “Sin Perdón”. Ultimamente le estoy dando a Sam Peckhimpah que también es bastante crudo en sus westerns. Si no la has visto te recomiendo “Pat Garret y Billie the Kid” o “Grupo salvaje”. Me gustan mucho los directores de western que en los setenta decidieron desidealizar el género y mostrar la crudeza de toda esa violencia. Uno de los mayores genocidios de la historia es el de los colonos europeos en el Oeste norteameicano, un genocidio totamente idealizado por esos pistoleros, soldados valientes y borrachos armados que sometieron a toda la población india con música de Morricone….

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