Kathleen Turner, un ángel con las bragas mojadas
Marzo 1, 2010 by Masquecine
Archivado en cine
La sociedad norteamericana vive marcada por el “sueño americano”, por ese paradigma que reza que incluso el que proviene de la escala social más baja puede llegar a la cima. La mayoría fracasa. A los que triunfan, la globalización de las comunicaciones los eleva al estrellato mundial. El éxito absoluto. ¿Pero que pasan con los que llegan, tocan y se van? El éxito destruye, y son muchos los casos de los que desaparecieron tras tocar la gloria. En entre ellos hay dos clases. Los que desaparecen como si la tierra los hubiese devorado, y los que regresan. Estos últimos son los grandes héroes norteamericanos, los aplaudidos por aquellos que en las horas bajas les dieron la espalda.
Hace un poco vivimos el regreso de Mickey Rourke, hasta el abuelo Oscar se acordó de él. Cientos de páginas se llenaron contando la fantástica historia de ese luchador olvidado, hablo tanto del personaje como del actor. Recientemente he vivido el rencuentro con otro ángel caído en la desgracia del olvido. Kathleen Turner fue todo un icono sexual a mediados de los ochenta. Es cuatro años mayor que Michelle Pfeiffer o Sharon Stone, y si la diosa fortuna no le hubiera dado la espalda bien podría mantener el atractivo físico de estas dos bellas cincuentonas. No fue el caso.
A los treinta años Turner era una de las actrices de moda, acababa de rodar junto a Michael Douglas “Tras el corazón verde” (Robert Zemeckis), el trío repitió en 1985 en “La joya del Nilo”. En esos años trabajó con los mejores, “El honor de los Prizzi” (John Houston, 1985), “El turista accidental” (William Hurt) o “Peggy Sue se casó” (Martin Scorsese) por la que estuvo nominada al Oscar. En 1992 fue la encargada de presentar la gala de los Oscar y su rostro era imagen de decenas de anuncios.
En los noventa su carrera se hundió de golpe. A principios de la década, y tras un año de parón debido a grandes dolores, se la diagnosticó artritis reumática, los peores augurios la condenaban a una silla de ruedas. Cayó en depresión. La ingesta de grandes dosis de medicamentos, unidos a una movilidad restringida y al exceso de consumo de alcohol, la llevo a aumentar su peso desmesuradamente. Turner tenía más de cuarenta años y apenas recibía papeles, “algunos menores de madre o abuela”, explicaba en una entrevista de la época. Poco a poco el mundo se fue olvidando de ella. Era mayor, estaba muy gorda, ya no era guapa y bebía demasiado.
Sofia Coppola la rescató para su debut con “Vírgenes Suicidas” en 1999 y llegó a hacer de padre travestí de Chendler Bean en “Friends”, poco más. Definitivamente el cine se había olvidado de su añorada belleza.
Ahora ha regresado, como Rourke. Gorda, fea, bebedora, insolente, pero ha vuelto. En la tercera temporada de la serie “Californication” (ShowTime), Turner interpreta a la dueña de una agencia de representación de artistas. Su personaje es una obsesa del sexo que abusa de sus trabajadores y habla abiertamente de aspectos sexuales que darían escalofríos al director porno más hardcore de la actualidad. Su personaje es hilarante, excesivo, sorprendente, nada que ver con aquella muñeca rubia de porcelana que era antes, a la que era difícil imaginar hablando de los humedales de sus bragas o de la bramante necesidad de ser penetrada. Turner ha protagonizado un regreso por la tangente, tan inesperado como genial y excesivo. Tanto, que cuesta imaginar que debajo de ese disfraz de gorda salida se esconda aquel viejo mito erótico de los ochenta. No creo que este regreso tenga la trascendencia mediática de otros, pero por diferente, atrevido, y a veces incluso ofensivo, merece un gran aplauso.
ALFONSO CARDENAL


