10.09.10

¿Quién vigila al vigilante?

Febrero 22, 2010 by Masquecine  
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El padre del utilitarismo, Jeremy Bentham, desarrolló a finales del siglo XVIII para usos penitenciarios, lo que se denominó “panóptico”. Un diseño arquitectónico, que posibilitaba que un solo vigilante pudiera observar sin ser visto. Lo que permitía, por un lado, que los vigilantes no tuvieran que estar todo el rato en su posición; y, por otro, que los reclusos tuvieran la sensación de vigilancia constante.

En 1975, Focault, con su “Vigilar y castigar”, comparó estas oscuras prisiones con la tendencia de la sociedad moderna, afirmando que “la visibilidad es una trampa”. La excusa de la vigilancia como herramienta de control de poder y conocimiento. La sociedad moderna como una especia de “prisión continua”, que abarca todos los ámbitos que podamos imaginar, incluido nuestro trabajo diario y los quehaceres cotidianos.

Anteriormente a éste, Orwell ya describía en “1984” (1948), a un “Gran Hermano” todopoderoso como suprema figura de una sociedad que vigila sin descanso todas las actividades cotidianas de la población. Teorías o novelas de ficción distópica (lo contrario a utópica), lo cierto es que en la sociedad actual, cada vez se estila más el querer vigilar y controlar con la excusa de “proteger”, pero ¿quién nos protege de los vigilantes? ¿A ellos quién los vigila?

El ayuntamiento de Madrid ha optado por las cámaras de vigilancia (ellos las denominan “cámaras de seguridad”),con el objetivo de “proteger a vecinos y turistas de los rateros, las kundas de la droga y los grupos violentos en una zona donde hay una importante población inmigrante ilegal, elementos antisistema y algunos miembros cercanos en algunos aspectos a radicalismos religiosos” según fuentes municipales.

Pero, ¿es realmente una solución eficaz contra la delincuencia? Con las cámaras se pretende disuadir, pero no acabar con el problema, sino simplemente trasladarlo de sitio. Es la tendencia de moda en las medidas que toma el ayuntamiento para “rehabilitar” ciertas zonas del centro. Es un constante “barrer para fuera”, y hacer que los problemas se trasladen a zonas menos concurridas o menos golosas para el turismo y el consumo en general. En Londres ya se instalaron 10.000 cámaras que no han conseguido ningún avance en la lucha contra la delincuencia.

Importante es también, sin duda, el recorte de libertades que esto supone para el ciudadano en general. Poco a poco, con la excusa de la protección y seguridad, vamos accediendo a que nos recorten nuestras libertades, nuestra intimidad. Pensemos si por querer evitar la violencia doméstica, se instalasen cámaras en las viviendas comunes de sospechosos de aplicarla. ¿Acaso no nos parecería disparatado que se invadiera la intimidad de alguien como herramienta de control? Sería impensable.

Por otro lado, ¿por qué el empeño de instalar cámaras de seguridad se limita a la zona centro cuando en otros distritos más lejanos hay también numerosos casos de delincuencia similar? La respuesta posiblemente sea: porque no interesa. Se pretende una ciudad moderna, de diseño y segura allá donde el bolsillo de los turistas y vecinos aventajados alcance. Limpiar y renovar zonas para que sean un escaparate comercial. Vigilancia para satisfacer iniciativas económicas basadas en el consumismo.

Mira el barrio lo que ha cambiado, ya no se ve lo que se veía antes, lo están dejando muy bonito” ¿De verdad que pensamos que así se acaba con el problema? Pasee usted por las zonas aledañas a la plaza de Luna (últimamente atestada de policía, puestos, pistas de hielo, etc.) para hacerse una idea de que el problema sigue ahí, pero más camuflado. Las cámaras no solucionan la delincuencia, porque con cámaras sigue habiendo desigualdad y marginación, principales causas que llevan a las personas a cometer actos delictivos.

La excesiva presencia policial en la zona centro de Madrid, también debería estar sujeta a vigilancia. A poco que se transite por el centro, pueden verse numerosos casos de agentes pidiendo identificaciones porque sí a “determinados perfiles” de ciudadanos, entre los que abundan inmigrantes y vagabundos, lo cual es bastante discriminatorio. Pues bien, siguiendo el ejemplo de experiencias anteriores en América Latina, grupos de diversos barrios de Madrid han orgaizado las llamadas Brigadas de Observación de Derechos Humanos”, con el objetivo de vigilar estas actuaciones policiales desproporcionadas y luchar contra la normalización de este tipo de medidas y que éstas formen parte de nuestra vida cotidiana y del escenario urbano general, así como sensibilizar al vecindario e informar a los afectados de los derechos que tienen y que no deben permitir que sean violados.

Cámaras, presencia policial…, lo cierto es que cada vez se recurre más a la vigilancia, como anexo a esa política del miedo y consiguiente protección utilizada, básicamente, para justificar medidas que en otros casos pudieran estar más cuestionadas.

VANESSA PASCUAL

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