10.09.10

Algunas pinceladas de Bruselas, Brujas y Gante

Febrero 10, 2010 by Masquecine  
Archivado en viajes, lecturas y otras artes

Lo primero que hay que tener en cuenta es que el hecho de que Bruselas sea la capital de Europa puede implicar cosas como que los precios de los taxis se suban un poco a la parra, o que las cervezas cuesten el doble que en Madrid; pero en ningún caso es sinónimo de que sea una gran ciudad, en lo que a tamaño se refiere, claro está. De hecho, Bélgica en su conjunto es más pequeña que Andalucía y, por eso, la concepción de tiempo y espacio que solemos tener cambia radicalmente, y en tres o cuatro días se pueden hacer muchas cosas.

Cerveza y chocolate en Bruselas

El encanto de Bruselas reside sobre todo en el ambiente y espíritu que se respira en sus calles; mezcla en su mayor parte de chocolate, cerveza y arte gótico. Una vorágine de picos y puntas, edificios oscuros, altos y no tan altos, figuras revestidas de dorado, luces, sombras… todo ello, construido aparentemente sin ningún tipo de orden demasiado estricto.

¿El Manneken Pis? Visita y foto obligadas, supongo, pero que nadie espere demasiado, que no es más que una figurita negra poco mayor que un palmo. Para los curiosos, existe una réplica en versión niña en una callecita cercana al Delirium, una cervecería famosa donde las haya, que efectivamente hace honor a la fama que precede al país, con más de 2000 cervezas de diferentes olores, colores y sabores. Esto, unido a la música, pop-rock desde los 70 hasta hoy, y al gentío sumamente internacional que se congrega allí casi a diario, hace de este sitio, uno de los puntos de encuentro más agradables y divertidos de la ciudad.

Por esa zona encontramos también una de las calles más entrañables de Bruselas, con la que seguramente os topareis por accidente. No tengo constancia de que tenga un nombre específico, pero nosotras lo apodamos como “la calle del marisco”. Callejuelas estrechas plagadas de restaurantes con mesas en la calle y exposiciones de marisco, llenas de luz y jaleo a la hora de comer y de cenar.

La Grand Place, por su supuesto, que rompe totalmente con el concepto de plaza mayor típica que podemos tener en mente los españoles. Edificios mucho más altos, imponentes, en los que cada frente es totalmente diferente. El Atomium y el Parlamento Europeo son otras de las paradas obligadas y, si se puede, merece la pena visitar el primero de noche.

En cuanto al alojamiento, si no se es demasiado exquisito a la hora de compartir baño y habitación, el albergue Génération Europe es una muy buena opción. Por 16 euros tienes cama, baño y desayuno, a tan sólo 15 minutos del centro andando en línea recta.

Por el contrario, el transporte si es algo más caro de lo que pueda ser en Madrid, pero también hay que decir que funciona a la perfección. Además, me sigue maravillando el hecho de no ver muros de torniquetes en las estaciones de metro y de que en el tranvía la gente compre su billete a pesar de entrar por la puerta trasera. Si se quiere viajar entre pueblos, lo mejor es comprar una tarjeta “go pass”. Diez trayectos en tren por sólo 50 euros.

Brujas, la ciudad de los rincones bonitos

¿Hansel y Gretel eran belgas? Después de visitar Brujas apostaría que sí, de hecho, me atrevería incluso a decir que pasé por delante de su casa de no ser porque estaba en asfalto y no en el bosque, y porque era de ladrillo y no de chocolate…

Pasear por las calles de esta ciudad es transportarte a un cuento de hadas con un toque un tanto tétrico, siniestro, tenebroso… muy muy entrañable. El punto de referencia de la ciudad es una catedral terminada en punta situada en la plaza central, y a partir de ahí se suceden las calles plagadas de chocolate y encaje.

Las casas son una maravilla, ninguna más alta que otra, todas de ladrillo rojizo en tonos más o menos oscuros, adosadas unas a otras, y terminadas en una especie de pico escalonado. Es curioso ver como tanto las casas de las calles, como los monumentos de las plazas, están tan sumamente juntos, que dan la sensación de ser grandes muros y murallas.

Los canales, los árboles llorones y pelados, los parques, la vegetación en general y como no, el gris del cielo y la lluvia, no contribuyen sino a dar un toque aún más lúgubre a la vez que mágico. La ciudad se puede recorrer en apenas dos o tres horas, eso si el frío no acecha con demasiada virulencia, y sin embargo son miles las fotos y postales que se pueden tomar a lo largo del recorrido.

Gante, románico y gótico en todas sus fases

Gante es la capital y ciudad más grande de la provincia de Flandes Oriental en el norte de Bélgica. Lúgubre, tenebrosa, oscura, grandiosa… y, desafortunadamente, lluviosa, fría y con obras en todo el casco histórico.

Pero a pesar del barro y las inclemencias, me quedo con Gante. Es una ciudad que impresiona no tanto por la grandiosidad de sus monumentos de forma asilada, sino por la carga espiritual tan tétrica que consiguen en su conjunto. Bien se podría decir que serviría de fuente de inspiración para artistas de la talla de Jack Mircala.

Iglesias, catedrales, campanarios, castillos y canales, todo concentrado en el núcleo central de la ciudad. Para no perderse ningún detalle, en la oficina de turismo proporcionan un mapa con una ruta turística a pie, que dura aproximadamente una hora, y que recorre los puntos más celebres de la ciudad.

Además, si se quiere hacer un alto en el camino, hay unas cafeterías estupendas para entrar en calor. Desde aquí os recomiendo que os paséis por Barista, donde encontraréis una gran variedad de tartas caseras y unos hot-chocolates perfectos para reponer fuerzas.

SARA SÁNCHEZ

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